Maria José de La-Chica

Maria José de La-Chica vive cerca de Brunete, en Madrid, y su casa está rodeada de una extensa dehesa punteada de encinas. La vista recorre el paisaje siguiendo las copas oscuras, solitarias o agrupadas. Esas formas pardas frente al campo son el origen de muchos de sus trabajos. Sólo el origen, porque la pintora se ha encerrado en su estudio y su visión se ha distanciado de sus modelos naturales, avanzando hacia la abstracción. En su serie Encinas han desaparecido el espacio del campo y la silueta de los árboles, que nos remitirían a la tradición del paisaje. De La-Chica acerca el punto de vista a las copas de las encinas y pinta imágenes casi abstractas de la vida vegetal.

La tensión entre dibujo y pintura recorre la serie. El dibujo de las ramas, una maraña lineal orgánica y expresiva, habla de un mundo aéreo, nervioso y delicado, invadido por el lío de las hojas y los reflejos de la luz. La presencia de la encina es una oscuridad cálida, envolvente, indefinida. En alguno de estos cuadros, como Encina VI, aparece algo profundamente orgánico, las ramas oscuras pueden sugerir vísceras interconectadas por una red sensible de ramas ligeras, como delgados cables. El mundo vegetal es una metáfora de la vida, un poderoso y delicado sistema de nervios.